Elena
no ha podido «tomarse un diez» en el
trabajo. Cuando llega la hora de salida
corre a recoger al niño en la escuela. En
casa tampoco hay momento para respiros. Se
cambia la ropa de un tirón y va a barrer,
sacudir, limpiar. Luego en la cocina prepara
la sazón, escoge el arroz, enciende la
candela...
Va como remolino de un lado
para otro. Baña al niño, lo viste. Tiempo
más tarde le da la comida y hace la tarea
con él para que termine pronto sus labores.
A las siete de la noche también hay reunión
en la cuadra y debe estar lista en dos
segundos.
Cuando parece que por fin
termina, recuerda que debe dejarle todo
preparado a su hijo y esposo para que no les
falte nada en los días que debe estar fuera
de casa, como parte de sus actividades
profesionales. Entonces dispone de tal forma
que no se note su ausencia, y aún así, se
siente culpable, con una sensación de
abandono.
La vida ciclónica de Elena no
es un caso aislado o raro. Es el contexto
común donde se desenvuelven la mayoría de
las mujeres cubanas.
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En
los hogares funcionamos para que
todos dependan de nosotras,
manifiesta la doctora Patricia Arés
Muzio. |
Aunque su realidad haya sido
reconfigurada por las profundas
transformaciones operadas en el país después
del triunfo revolucionario, aún ellas, en el
ámbito familiar, asumen la mayor carga de
labores y viven o experimentan, como lo
define la Doctora en Ciencias Psicológicas,
Patricia Arés, el síndrome de la supermujer.
«Y es que ellas sienten que
deben de poder con todo: la casa, los hijos,
el trabajo, la pareja y las
responsabilidades sociales. En tal sentido
desarrollan estrategias de armonización y
equilibrio, que les traen grandes costos de
sobrecarga y exigencia», argumenta quien
también preside la Sociedad de Psicólogos en
nuestro país.
En nuestros hogares —precisa—
funcionamos para que todos dependan de
nosotras.
—Pero a ellas, aun
sintiéndose agotadas por esta situación, les
resulta muchas veces difícil ceder este
espacio que han conquistado...
—Es muy contradictorio.
Porque aunque parezca paradójico, este
entorno de dependencia que crea la mujer a
su alrededor le resulta también
gratificante, ya que le favorece la
autoestima sentirse imprescindible.
«Prueba de esto es que ella
puede estar muy agobiada, pero si
experimenta que los hijos o su pareja
comienzan a ser totalmente autónomos;
entonces ahí empieza a cuestionarse si ya no
la quieren y asuntos semejantes.
«Aparece entonces el fenómeno
de la sobrecarga de roles y tareas en la
mujer, porque intenta asumir los nuevos
quehaceres, sin querer renunciar al control
y las ganancias secundarias que reciben al
ser dueñas del hogar».
—Con la mayor participación
de las cubanas en la esfera pública, el
hombre ha tenido una inserción en la vida
doméstica pero, ¿por qué aún sigue
pareciendo un «mueble mal colocado» en las
responsabilidades hogareñas?
—En este escenario de cambio
en la vida de la mujer coexiste un modelo
familiar con la presencia de muchos
elementos arcaicos de la cultura patriarcal.
«La familia cubana es de
fuerte tradición hispánica, judeocristiana y
africana. Por tanto, un proceso de
transformación social de casi cinco décadas
no puede desterrar patrones de
comportamiento tan fácilmente.
«Ni la misma mujer tiene
incorporado en su estructura mental cómo
lograr que el hombre participe
armónicamente. Por eso es tan
contradictorio, ella se vuelve muy exigente
y él parece el ayudante.
«Muchas de las familias que
quieren establecer rompimientos en los roles
que se les han asignado históricamente,
sufren esta problemática. Porque mientras a
las mujeres las educan para ser las
empresarias de su domicilio, la formación de
los hombres, lamentablemente, carece de
estas enseñanzas».
—¿Podría explicar cómo la
cultura patriarcal tiene formas subversivas
de infiltrarse e imperar en el escenario
familiar, a pesar del efecto modulador de
las políticas sociales?
—Las investigaciones
realizadas expresan un conjunto de
indicadores que muestran que la ideología
patriarcal se actualiza con diferentes
rostros y se manifiesta de múltiples
maneras, algunas veces casi
imperceptiblemente y otras más abiertas.
«A pesar de las
transformaciones desarrolladas en nuestro
país en beneficio de la mujer, de la familia
y del logro de una equidad social, aún
subsiste una ideología de predominio
masculino sobre el femenino, y se siguen
reproduciendo de manera acrítica estos
patrones.
«Estudios realizados han
demostrado que el tiempo dedicado a las
tareas del hogar por la mujer duplica y
hasta triplica los momentos invertidos por
el hombre.
«También una investigación
sobre las costumbres familiares mostró que
hay un ascenso entre los miembros del hogar
de modelos de comportamiento patriarcales.
«Tal es el caso de que muchas
féminas por tradición dejan al hombre el
espacio de la cabecera de la mesa familiar y
ellas ocupan la diestra del mismo o el lugar
más próximo a la puerta de la cocina.
«Asimismo a las cubanas, en
su inmensa mayoría, les agrada un hombre de
más edad que ellas y de mayor tamaño, como
expresión de la visión que se tiene de él
como sostenedor, dador y representante de la
casa.
«Otra de las expresiones
corresponde al hecho de que muchos de los
hombres en la familia le ponen su nombre a
sus hijos varones, especialmente al
primogénito, y las mujeres a las niñas.
«Aún existen formas de
crianza diferenciadas para los niños y las
niñas. Se mantienen exigencias educativas
diferentes, lo cual se evidencia en los
mayores índices de responsabilidad que
tienen las jovencitas en las tareas
domésticas. Después ambos tienen los mismos
derechos a acceder a carreras universitarias
o a asumir responsabilidades de dirección en
las escuelas, u otros escenarios.
«Pero le aumenta la carga a
la mujer, una vez que el proyecto de ser
madre y esposa coexiste con sus
responsabilidades, siendo esto una limitante
real».
—A pesar de que persisten
estas expresiones patriarcales, también en
estos años se han originado cambios
psicológicos importantes al interior de la
familia cubana. En su consideración, ¿cuáles
son los más trascendentales?
—Las transformaciones
sociales han redimensionado y
reconceptualizado las relaciones de poder
entre el hombre y la mujer en el contexto
familiar.
«Hablamos de una mujer con
mayores oportunidades de desarrollo. Hoy las
cubanas son el 39 por ciento de la fuerza
laboral y casi el 70 por ciento de los
técnicos profesionales. Tienen un elevado
compromiso y participación social y existen
además, leyes que protegen fuertemente sus
derechos.
«Esto ha determinado que
ellas hayan dejado de ser sumisas,
subordinadas a las decisiones del hombre,
han ido recuperando su autoridad con sus
descendientes, tienen potestad de decisión
con relación al número de hijos que desean
tener, la educación de los mismos, con la
continuidad o no del matrimonio, así como
intervienen en las inversiones familiares,
en la organización del presupuesto y
distribución del consumo.
«Diríamos que su desempeño en
la esfera social ha tenido un impacto
importante en la manera en que proyecta su
personalidad, su autoestima, y en la forma
en que conduce sus relaciones con sus hijos
y pareja. Ahora ella es más poderosa,
resuelta, independiente. No obstante, queda
mucho por alcanzar en términos de equidad
total de derechos en el ámbito familiar.
«Mientras que los hijos sean
fundamentalmente propiedad de ella, así como
las responsabilidades domésticas, se seguirá
perpetuando la inequidad genérica.
«Romper ese sentimiento de
ser el eje, el yunque o el horcón, que se
refleja también en el discurso femenino
cuando decimos “¿qué va a pasar con ustedes
cuando yo no esté?”, no es batalla solo de
la mujer, sino de la sociedad cubana en
general.
«En un primer paso por
deconstruir las teorías tradicionales de
género, la supermujer tendrá que comenzar a
innovar al interior del hogar, compartiendo
las tareas con los demás miembros de la casa
y soltando las riendas de la limpieza, el
orden y la estética.
«Porque el amor y la entrega
posesiva, sublime y desvivida a sus hijos y
pareja, les impedirá el crecimiento, madurez
y generará dependencias. Y ello solo
conseguirá autodestruir su estabilidad
emocional».